Agregar a fuentes preferidas

Literatura

El rumor del trigo por María José Luque Fernández

El amanecer en San Bartolo era un susurro tibio que se abría paso entre los álamos. La niebla se arremolinaba sobre los barbechos, y el canto de los gallos se mezclaba con el chirrido de las ruedas de un carro que bajaba por el camino viejo. Desde su ventana, Tomás observaba el humo de las

Compartir

descarga-6

El amanecer en San Bartolo era un susurro tibio que se abría paso entre los álamos. La niebla se arremolinaba sobre los barbechos, y el canto de los gallos se mezclaba con el chirrido de las ruedas de un carro que bajaba por el camino viejo. Desde su ventana, Tomás observaba el humo de las chimeneas elevarse en espirales lentas, como si el pueblo entero aún bostezara antes de despertar. Tenía setenta y cuatro años, y cada día se parecía un poco más al anterior, aunque él juraba que cada amanecer traía una sombra distinta.

El campo, decía, tiene memoria. Lo había aprendido de su padre, y éste del suyo, cuando el trigo aún se segaba a hoz y el pan sabía a horno de adobe. Pero ahora, con los tractores rugiendo al otro lado del valle y las casas nuevas levantándose donde antes había huertos, Tomás sentía que esa memoria rural se le escurría entre los dedos, como el polvo seco que levantaba el viento del verano.

Aquella mañana, al salir de casa, se detuvo frente al portón. Su perro, Canelo, lo miró con el hocico manchado de tierra.

—Vamos, viejo —le dijo Tomás, dándole una palmada en el lomo—. Hoy toca revisar el canal antes de que se venga abajo.

El canal era una zanja vieja, construida cuando el agua aún se distribuía con cubos y paciencia. Había sobrevivido a tormentas, a inviernos, a los cambios de alcalde y a los sueños de modernización. Pero ahora, con los nuevos planes de regadío del ayuntamiento, estaba condenado a desaparecer. “Eficiencia hídrica”, decían los ingenieros con palabras pulidas que a Tomás le sonaban a despedida.

Cruzó el camino que bordeaba la era y saludó a doña Luz, que barría la entrada de su casa.

—Buenos días, Tomás. ¿Va otra vez al canal?

—Sí, señora. Hasta que me dejen.

Ella sonrió con esa mezcla de resignación y ternura que solo tienen los que ya han visto demasiados cambios.

—Dicen que pondrán tuberías nuevas, de las grandes, que vienen desde el embalse.

—Dicen tantas cosas… —respondió él, sin detenerse—. Pero el agua no entiende de papeles.

A media mañana, el sol ya picaba. Tomás se quitó la gorra, se secó la frente con el pañuelo y se sentó sobre una piedra a descansar. El canal murmuraba con un hilo de agua clara que venía desde el cerro. Canelo bebía y levantaba la cabeza cada tanto, atento al vuelo de los tordos.

Tomás pensó en su hijo, Julián, que vivía en la ciudad desde hacía más de veinte años. Ingeniero agrónomo, decían con orgullo en el pueblo. Pero Tomás sabía que Julián no volvería. En sus llamadas, siempre hablaba de proyectos, de horarios, de cosas que él no entendía. Cuando lo visitaba —cada dos veranos, si acaso—, se quedaba poco y pasaba más tiempo mirando el móvil que el horizonte.

—No es culpa suya —se decía Tomás—. Uno no puede pedirle al hijo que ame el polvo del mismo camino.

El viento cambió, trayendo el olor de la tierra húmeda. Desde la loma se oían los cencerros del rebaño de Manuel. Los campos, aunque resecos, aún guardaban un verde tímido en las orillas del arroyo. A lo lejos, un tractor pintaba de ruido el silencio.

Tomás bajó al cauce y observó las paredes del canal. Las piedras, cubiertas de musgo, guardaban el recuerdo de los veranos cuando los niños chapoteaban allí. Recordó a Julián, desnudo y riendo, corriendo tras una rana. Recordó a su esposa, Remedios, esperándolos en casa, con la falda arremangada y las manos blancas de harina. Hacía ya doce años que la había enterrado, bajo el ciprés del cementerio. Desde entonces, hablaba menos y escuchaba más.

Por la tarde, fue al bar del pueblo. Allí estaban los de siempre: Mateo, el herrero jubilado; Rosa, la del estanco; y Jacinto, que arreglaba tractores viejos y decía que algún día escribiría un libro sobre ellos. El bar olía a café recalentado y vino tinto.

—¿Y qué, Tomás? —preguntó Mateo, levantando la ceja—. ¿Has oído lo del embalse nuevo?

—He oído —dijo él, dejando el sombrero sobre la barra—. Pero no he visto el agua todavía.

Rosa sirvió un vaso y lo dejó frente a él.

—Van a traer gente de fuera para las obras. Jóvenes, dicen.

—Jóvenes, sí —rio Jacinto—. Pero no de aquí.

El silencio se hizo un momento. Solo el sonido del reloj y el zumbido del fluorescente llenaban el aire.

—Mi nieta dice que vendrá un supermercado nuevo —dijo Rosa, rompiendo el silencio—. Que ya no hará falta ir hasta el pueblo grande.

—¿Y para qué queremos eso? —rezongó Mateo—. Si aquí todavía sabemos lo que es una cebolla de verdad.
Todos rieron, pero la risa se deshizo pronto.

Tomás bebió un trago y miró por la ventana. En la plaza, unos niños jugaban a la pelota frente a la iglesia. Uno de ellos —el nieto de Luz, pensó— se cayó y se levantó sin llorar.

—Mientras haya niños que jueguen aquí —dijo Tomás al fin—, el pueblo no está perdido.

Esa noche, el viento cambió otra vez. Sopló desde el norte y trajo un olor húmedo de tierra recién removida. Tomás no durmió bien. Soñó con su padre, arando el campo con una yunta de mulas. Soñó con el trigo ondeando al sol, con los cántaros frescos y los cantos al caer la tarde. Soñó, sobre todo, con el canal, rebosante de agua limpia, como si quisiera recordarle que la vida no se apaga de golpe, sino poco a poco, entre olvidos.

Al amanecer siguiente, un ruido metálico lo despertó. Al salir, vio la maquinaria del ayuntamiento. Dos camiones y una excavadora se alineaban junto al canal.

—¡Eh, oiga! —gritó Tomás, caminando hacia los operarios—. ¿Qué van a hacer?

—Orden del concejo —dijo uno, sin mirarlo—. Hay que empezar las obras hoy mismo.

—¿Y el agua? ¿Dónde va a ir el agua mientras tanto?

El operario se encogió de hombros.

—Tenemos los planos, abuelo. Todo está calculado.

“Abuelo.” La palabra le cayó como piedra al pecho. No era solo el canal lo que iban a enterrar, pensó; era toda una manera de entender el mundo.

Los días siguientes fueron una procesión de polvo y motores. La zanja desaparecía tramo a tramo, sepultada bajo tubos grises y promesas de eficiencia. Los obreros no hablaban mucho; trabajaban con prisa, como si quisieran marcharse antes de que el silencio los alcanzara.

Una tarde, Julián llamó.

—Padre, me dijeron que empezaron las obras. Es lo mejor. Así tendrán riego todo el año.

Tomás apretó el teléfono.

—¿Todo el año, dices? Aquí el agua siempre supo cuándo venir y cuándo irse.

—No es tan simple, padre. Las cosas cambian.

—Sí —dijo Tomás, mirando el horizonte—. Pero no siempre para bien.

El silencio se hizo al otro lado de la línea. Luego, la voz de su hijo se volvió más suave:

—Podría ir el mes que viene, si me dan permiso en el trabajo.

—No te preocupes, hijo. Aquí todo sigue igual. —Y colgó despacio.

Aquella noche, Tomás sacó una silla al portal. Canelo dormía a sus pies. Miró las estrellas —tantas, tan claras— y pensó que la ciudad debía ser un lugar sin cielo. Recordó cuando él mismo, de joven, pensó marcharse también. Pero el campo lo había retenido con una fuerza extraña, la misma que ahora lo mantenía de pie, viendo cómo el mundo se transformaba sin pedirle permiso.

El domingo hubo misa. Poca gente fue, pero doña Luz llevó flores al altar, y Jacinto tocó la campanilla. Después, todos salieron a la plaza a comentar el progreso de las obras. Algunos hablaban con ilusión: “por fin agua limpia, por fin modernidad”. Otros, como Tomás, callaban.

Un niño se le acercó con curiosidad.

—¿Es verdad que antes el agua corría por el suelo, don Tomás?

—Sí, hijo. Corría, y nos mojábamos los pies, y las huertas florecían sin pedir tanto permiso.

—Mi padre dice que eso era perder agua.

Tomás sonrió.

—Tal vez. Pero también era verla vivir.

Cuando se marcharon todos, él se quedó solo un rato más. En el aire flotaba el olor a pan recién hecho y a humo de leña. Las campanas marcaron el mediodía. En ese sonido, Tomás sintió algo que no sabía si era nostalgia o esperanza.

Al día siguiente, bajó de nuevo hasta el canal. La zanja ya estaba medio tapada, pero aún quedaba un tramo donde el agua corría libre. Tomás se arrodilló, metió las manos y dejó que el frío le subiera hasta los codos.

—Gracias —murmuró, sin saber bien a quién.

El agua siguió su curso, indiferente. Canelo ladró, como si entendiera algo que él no podía decir. En ese instante, Tomás comprendió que la memoria rural no muere del todo; solo se transforma. Vive en las manos que aún trabajan la tierra, en los surcos que no se olvidan, en las voces que siguen nombrando los días según el color del cielo.

Se quedó allí hasta que el último hilo de agua desapareció entre los terrones. Luego se levantó despacio, se limpió el barro y comenzó a andar hacia el pueblo, con el paso lento pero firme.

Al llegar a la plaza, los niños volvían a jugar. Uno de ellos lo saludó con la mano.

—¡Don Tomás! ¿Van a poner un río nuevo?

Él sonrió.

—Algo así, muchacho. Algo así.

Y siguió su camino, mientras el sol comenzaba a calentar las tejas. El pueblo despertaba otra vez, y en el aire flotaba ese rumor antiguo que solo los que han vivido en el campo saben escuchar: el rumor del trigo, del viento y del tiempo que nunca se detiene.

@María José Luque Fernández

@Imagen Pinterest

Compartir

descarga

La poesía y la maternidad

Literatura

Redacción

por María José Luque Fernández -.Un viaje de versos, refugio y rebeldía.- El giro del destino.- La aventura de los 37 Ser madre a los 37 años de edad se presentaba como una aventura, no te diré que deseada ni tan siquiera esperada; llegó sin avisar después de un cambio en mi vida. Un divorcio
wyncel-yerba-mate-2438138_1920

Mate en Vistalba

Literatura

Redacción

La pregunta de Daniel: seis paradojas de Borges A Daniel C. Testta, que ronda en mi literatura Una tarde de otoño en Vistalba,, la pava no debía hervir. Cargué el mate, lo tapé con la palma, lo sacudí, incliné la yerba y la bauticé con agua fría. Él miró el rito con la gravedad de
jose

Entrevista a José Luis Morante: El artesano que habita la palabra

Literatura

Redacción

por María José Luque Fernández En la Literatura contemporánea se habla de autores como José Luis Morante. Nacido en El Bohodón (Ávila) en 1956, su trayectoria como escritor, es un ejercicio de coherencia y rigor, con reconocimientos como el Premio Luis Cernuda y el Premio de Poesía San Juan de la Cruz. Nuestro autor está
24fiesta

La fiesta para los viajeros del tiempo

Literatura

Redacción

El 28 de junio de 2009, el prestigioso físico Stephen Hawking llevó a cabo uno de los experimentos más ingeniosos, melancólicos y poéticos de la historia de la ciencia moderna. En una sala del Gonville and Caius College de Cambridge dispuso mesas cubiertas con manteles blancos, copas rebosantes de champán y globos de colores. Había
ella

Ella

Literatura

Redacción

por María José Luque Fernández Ella dormía con su camisón de leopardo y su peluche blanco, una osita que ella misma hizo hacía ya muchos años en un taller de manualidades, en un cumpleaños al que asistió. La luz se colaba a través de las rendijas de la habitación y se reflejaba en el espejo
WhatsApp-Image-2026-10-11-at-130302

La literatura de Octubre en Argentina y un caudal de publicaciones imperdibles

Literatura

Redacción

Octubre llega cargado de historias que laten con fuerza propia: romances que desafían el tiempo y las diferencias, clásicos que vuelven a brillar, misterios que mantienen la tensión hasta la última página y aventuras que expanden la imaginación. Descubrir estos tesoros y compartirlos moviliza acciones encontradascon ustedes, novedades esperadas para emocionar, sorprender y conquistar lectores
de

Siempre

Literatura

Redacción

por María José Luque Fernández Y llega ese instante en que todo es nada y en qué necesitas irte… Recoges tu mochila con una ropa de cambio y el pijama, tus ahorros y tu documentación y te quedas mirando un momento, que parece ser eterno, todo lo que allí te rodea. No puedes evitar coger
collecting-old-notebooks_

Desmenuzados. Homenaje a los libros

Literatura

Redacción

por María José Luque Fernández Me sentaba en aquel montículo dónde la luz me permitía observar todo lo que a mi alrededor había, aquellos edificios de colores, – como el pañuelo tribales que lucias sobre tu vestido azul al volver de Europa- las estrechas calles que partían del eje central, ese camino de asfalto que
cuer

Cuando la realidad supera al espanto

Literatura

Redacción

por María José Luque Fernández Cuando la realidad es más dura y más cruel que los cuentos de Edgar Allan Poe o las letras rasgadas de Elena Garro, uno deja de temer a los monstruos debajo de la cama, y empieza a temer a los que llevan corbata, uniforme… o el mismo apellido. Porque aquí,
musi

La música del silencio

Literatura

Redacción

por María José Luque Fernández Hay silencios que pesan y otros que liberan. Hay silencios impuestos nacidos del miedo o la costumbre y silencios buscados que son construidos como refugio frente al ruido del mundo. Pero sabed que existe también una música más sutil: aquella que no se oye, pero que transforma. En esa región
DeAntoni

A pesar de la distancia, de Elizabeth De Antoni

Literatura

Redacción

En la narrativa contemporánea la búsqueda de las raíces suele entrelazarse con la necesidad de reinvención personal. En “A pesar de la distancia” (Lágrimas de Circe, 2022), la escritora argentina Elizabeth De Antoni nos presenta una obra donde el misterio, el romance y el encuentro intergeneracional se conjugan en el marco de la geografía escocesa.
astr

El astrólogo de la ciudad de las olas

Literatura

Redacción

por María José Luque Fernández Vivimos tiempos llenos de incertidumbre con un clima emocional inestable en el que se hace preciso y necesario saber leer las señales que nos muestra el mundo. El astrólogo de la ciudad de las olas es el interprete que busca respuestas, ya no mira al cielo, ¡no! se fija en