Mate en Vistalba


La pregunta de Daniel: seis paradojas de Borges
A Daniel C. Testta, que ronda en mi literatura
Una tarde de otoño en Vistalba,, la pava no debía hervir. Cargué el mate, lo tapé con la palma, lo sacudí, incliné la yerba y la bauticé con agua fría. Él miró el rito con la gravedad de un escribano, a pesar de ser ingeniero inteligentísimo, pícaro y perspicaz. Dijo que tenía la impresión de que esa escena ya había ocurrido. Le contesté que sí, y que iba a volver a ocurrir. Entre películas, libros y amigos que se fueron de gira, llegó la pregunta, como quien no quiere la cosa:


—¿Te gusta Borges?
Contestar exigió varias pavas. Esto es lo que dejaron, reducido a sus paradojas, que es la forma más honesta de resumir a Borges.
La paradoja del principiante
El muchacho que volvió de Europa en 1921 quería reducir la poesía a la metáfora y pegaba una revista en las paredes de Buenos Aires con engrudo. Después descubrió la ciudad de las orillas, los patios, los atardeceres, el arrabal del cuchillo. Escribió libros de ensayos que más tarde prohibió reeditar: un autor dedicado a borrar sus propias huellas. Y de viejo, al corregir sus primeros versos, sospechó que aquel joven ya era, en lo esencial, el señor que lo corregía.
Primera paradoja: uno cambia toda la vida para llegar a ser el que ya era.
La desgracia fecunda. Es una bisagra.
—¿Y cuándo se hizo cuentista? —preguntó mi amigo.
—Cuando casi se muere.
En la Nochebuena de 1938, un golpe en la cabeza y una septicemia lo pusieron al borde de la muerte. Al recuperarse temió no poder escribir, y para ponerse a prueba eligió un género que nunca había intentado. Así nació «Pierre Menard, autor del Quijote»: un francés que escribe, palabra por palabra, unas páginas idénticas a las de Cervantes, y cuyo texto resulta más rico porque lo escribió otro, en otra época. ¿Como admirador de Cervantes, iba a escribir mejor que su maestro? Entonces enterraba el escrito.
Segunda paradoja: la misma frase no dice lo mismo. El sentido no vive en las palabras sino en el tiempo que las rodea. Medio siglo antes de que la teoría anunciara la muerte del autor, Borges ya lo había cambiado de nombre sin tocar una letra.
La Lógica de Borges
Vino entonces la década prodigiosa, en complicidad con Bioy Casares, con quien inventó a un tercer escritor y a un detective preso que resolvía crímenes sin salir de la celda: pensar importa más que ver. Ricardo Piglia dio con la clave del procedimiento. La literatura fantástica tradicional parte del mundo real y deja entrar lo extraordinario; Borges cuenta lo imposible con el tono de una reseña y trata los documentos verdaderos como invenciones. El lector, desacomodado, aprende a leer otra vez.
—Te descoloca —dijo mi amigo—. No hay una lógica.
—Hay una. No es lógica: es la Lógica de Borges.
De ahí salen sus aporías más célebres. Funes lo recuerda todo y por eso no puede pensar, porque pensar exige olvidar. La Biblioteca de Babel contiene todos los libros, incluida la verdad, y por eso la verdad no sé encuentra. El Aleph guarda el universo en dos o tres centímetros, pero el narrador no puede contarlo, porque lo que vio es simultáneo y el lenguaje es sucesivo.
Tercera paradoja: el saber total es la forma más perfecta de la ignorancia.
Los libros y la noche
Salimos al patio. La cordillera se ponía violeta.
Hacia 1955, cuando lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, Borges ya no podía leer. En un poema agradeció la ironía de un Dios que le dio a la vez los libros y la oscuridad. La ceguera lo obligó a dictar, y el dictado lo devolvió a la rima y al soneto, que se memorizan caminando. La limitación no lo apagó: lo concentró. Y el mundo lo descubrió cuando él ya no podía verlo: el escritor de los laberintos se volvió famoso cuando ya no podía ver las paredes.
Cuarta paradoja: perdió la vista y ganó la voz. El tímido que temblaba ante un auditorio terminó dando conferencias en Harvard y en el teatro Coliseo, y contestando cualquier pregunta con otra pregunta.
El margen y el centro
—¿Sigue siendo argentino, si lo leen en Tokio? —quiso saber mi amigo.
Borges había respondido en 1951. En el Corán no hay camellos, recordó, porque Mahoma no necesitaba nombrarlos: era árabe. Un escritor argentino no necesita gauchos para serlo, y tiene derecho a toda la cultura occidental con una irreverencia que los europeos no se permiten. Beatriz Sarlo lo leyó como un escritor de las orillas; Piglia, como el cruce entre las armas de los antepasados y las letras de la biblioteca paterna.
Quinta paradoja: fue universal por ser de Buenos Aires. Hizo de su ciudad un punto desde el cual se mira el universo.
La realidad que inventamos
Ya de noche, a la luz amarilla del farol, hablamos de ciencia. Los físicos lo leen: el jardín de senderos que se bifurcan anticipó, sin saberlo, los universos ramificados de la mecánica cuántica. Y lo leen quienes construyen inteligencias artificiales, máquinas que guardan como Funes, escriben como una brújula dentro de Babel y condensan cada palabra en un punto, como el Aleph.
En «La lotería en Babilonia», un sorteo secreto termina gobernando el mundo. Paul Watzlawick distinguió la realidad de las cosas de la realidad del sentido, la que construimos al hablar, y advirtió que es la segunda la que nos gobierna.
Sexta paradoja: la realidad que más importa es una ficción compartida, y no por eso es menos real. Por eso mismo es más frágil.
Despedida
El termo quedó vacío. En la puerta, mi amigo me puso una mano en el hombro.
—Al final no me contestaste. ¿Te gusta Borges?
—Sí, me gusta. Porque no consuela: afila, llega al hueso. Enseña a desconfiar de las clasificaciones que nos imponen, de las memorias que lo guardan todo y no entienden nada, de las certezas que parecen piedra y son costumbre. Y lo hace con una ironía de vecino porteño que sabe que el universo es demasiado grande para tomárselo en serio. Saludos a Teresa.
Daniel se sonrió, como quien escucha una respuesta que ya conocía.
—El 9 de enero cumplo años, el mismo día que tu nieta Josefina. Vení temprano, traé la yerba y déjame la pava a mí, que ya aprendí. Seguimos con Borges, o con lo que aparezca. Celebremos la vida.
GURI’S DIXIT, … DESDE FINISTERRE


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