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Opinión

Crítica de la razón artificial

Por Javier Tolcachier No hay mucha gente en el mundo que haya leído íntegramente a Kant. Yo soy uno de aquellos que tampoco lo han hecho. Tan solo viene a mi memoria, a modo de síntesis escuálida, el famoso Imperativo categórico, una suerte de mandamiento que el filósofo acuñó como propuesta de un principio moral

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Por Javier Tolcachier

No hay mucha gente en el mundo que haya leído íntegramente a Kant. Yo soy uno de aquellos que tampoco lo han hecho. Tan solo viene a mi memoria, a modo de síntesis escuálida, el famoso Imperativo categórico, una suerte de mandamiento que el filósofo acuñó como propuesta de un principio moral fundamental para el comportamiento humano.

Leo en la enciclopedia digital libre Wikipedia que en su libro Crítica de la razón práctica, lo formulará de manera condensada como “«Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal».

Para entender más – y sigo sin leer a Kant – pregunto a la aplicación de “inteligencia artificial” desarrollada por la Compañía Open AI Global, que luego de un inicio “sin fines de lucro”, hoy se encuentra fuertemente ligada a la Corporación Microsoft, entre otras empresas e inversionistas pertenecientes a las Big Tech.

Si bien ChatGpt va perdiendo su posición cuasi monopólica – hasta hace muy poco de un 77% de las visitas, hoy con una cuota de mercado todavía superior al 50% – consulto a su chat gratuito por Kant. Su respuesta, resumida a mi pedido, es casi tan categórica como la del pensador.

La pantalla muestra: “Immanuel Kant sostuvo que la mente humana no conoce la realidad tal como es en sí misma, sino como aparece organizada por nuestras formas de percibir y pensar. En ética, defendió que una acción es moral cuando se realiza por deber y según principios que podrían valer para todos, idea expresada en su famoso “imperativo categórico”. También afirmó que las personas deben ser tratadas siempre como fines y nunca sólo como medios, y que la verdadera libertad consiste en actuar racionalmente de acuerdo con leyes morales que uno mismo reconoce como universales.”

Pienso en las horas que habrá pasado Immanuel en su frío entorno en la prusiana Koenigsberg y en los segundos que tardó el más moderno artificio tecnológico en darme esta respuesta, que asumo como precisa y verídica.

Pero como dudo de la moral de los intereses de la Compañía que ha desarrollado esta tecnología, decido indagar en otra fuente. Voy a Lumo, una aplicación desarrollada por la suiza Proton AG, que prioriza el código abierto y es considerada confiable por los usuarios críticos del mercantilismo corporativo digital.

Este bot, luego de pedirle lo mismo, me indica: “Immanuel Kant revolucionó la filosofía moderna con su pensamiento crítico, proponiendo que nuestro conocimiento no se ajusta a los objetos, sino que estos se adaptan a nuestras estructuras mentales innatas. Distinguió entre lo fenoménico (lo que podemos experimentar) y lo nouménico (la «cosa en sí» inaccesible), estableciendo que el espacio y el tiempo son formas a priori de nuestra sensibilidad. En ética, formuló el imperativo categórico: actuar solo según máximas que puedan convertirse en ley universal y tratar a las personas siempre como fines en sí mismas, nunca como medios. Su filosofía se articula en tres facultades —razón pura, razón práctica y juicio— y defiende la autonomía moral como la capacidad de darse leyes racionales propias, constituyendo así una de las bases más influyentes del pensamiento occidental contemporáneo.”

Debo admitir la coincidencia manifiesta entre ambos sistemas y estoy a punto de darme por satisfecho otorgando validez plena a estos enunciados.

Sin embargo, me digo: Debo al menos ir a una biblioteca y tomar uno de los libros de Kant entre mis manos e intentar leerlo, al menos durante una media hora, unas 10 veces más de lo que demoraron mis consultas anteriores.

La visita a la biblioteca

Al entrar al moderno edificio de la biblioteca pública de mi ciudad, me regocija pensar cuanto conocimiento humano, cuanto tesón y fé encierran los miles de volúmenes que están ante mí. Voy al mostrador en el que me atiende una amable persona, que intenta ayudarme en mi algo incierta búsqueda.

– Quisiera leer algo de Kant, le digo. Algo sorprendida por la amplitud de mi requerimiento, la bibliotecaria me dice que cuentan con una variada selección del pensador, sumada a una gran cantidad de investigadores que comentan su obra. Sin embargo, se apiada de mi ignorancia y me dice: “Si le parece y no quiere mediadores, puede comenzar por alguna de sus obras más importantes, como por ejemplo Crítica de la razón pura. La tenemos en original alemán, pero también en otros cuatro idiomas, incluido el castellano. Pero déjeme verificar cuáles ejemplares tenemos disponibles”, concluye.

Espero que consulte en su computador y me dice que, efectivamente, la obra está disponible en español para su lectura en el lugar. “Debe dirigirse al sector F, donde están las obras filosóficas. Allí lo ayudará otro compañero.”

Ya más orientado y con el volumen en mis manos, comienzo a introducirme en el algo enigmático mundo mental del pensador alemán. Ya la extensión, algo más de cuatrocientas páginas, me abruma y pienso que esta es apenas una de sus obras, la que dedica a la posibilidad de conocer de la conciencia humana. Pienso que, en una mínima medida, es lo que intento hacer, pero caigo en cuenta que más allá de algún pensamiento primario, escogido al azar, no habré en tan poco tiempo de atisbar nada del pensamiento kantiano.

Peor todavía, me escucho decirme que sería absolutamente deshonesto creer que “ahora sí he leído a Kant”. Y por último, reparo en que tal descaro intelectual padece – multiplicado por mucho – de idénticas fallas de parcialidad que suelo adjudicarle a las aplicaciones de inteligencia artificial.

Así las cosas, salgo completamente derrotado de la biblioteca y sumido en un relativismo del que voy saliendo poco a poco hasta llegar a mi hogar y sentarme, una vez más, frente a mi computadora.

Más inquietudes

Se me ocurre volver a probar y lo hago con la aplicación que considero más cercana en su concepción a mis ideas, Lumo.

Escribo: “Qué le preguntaría Javier Tolcachier, el autor de esta nota a Kant, si estuviera vivo?”

Si bien el bot me confunde inicialmente con otra persona, un psiquiatra y escritor homónimo ya fallecido, su respuesta no deja de ser interesante:

“Si Tolcachier pudiera preguntar algo a Kant, probablemente lo haría desde una perspectiva que cuestionara la universalidad de la razón en favor de la singularidad de la experiencia vivida.

Y luego de varias hipotéticas consultas sintetiza: “La pregunta central de Tolcachier sería, en esencia: ¿Es posible vivir una vida plena y auténtica siguiendo reglas universales de razón, o la verdadera libertad reside en la capacidad de transgredir esas reglas para construir un sentido personal único?

Tolcachier, con su estilo cercano y a veces irónico, probablemente vería en el rigor de Kant una belleza, pero también una jaula dorada que podría ahogar la espontaneidad humana. Le preguntaría si la razón es el único camino hacia la verdad o si la emoción, el sueño y la locura tienen también su propia lógica y dignidad.”

Aun cuando el profesional consultado, a quien no conozco, parece relativamente cercano a mi sentir existencialista y humanista, es obvio que debería aclararle a la máquina mi verdadera identidad. Una vez explicado el error, la aplicación me devuelve algo bastante más adecuado, aunque todavía deficiente.

“Señor Kant, usted elevó la dignidad humana al establecer que cada persona es un fin en sí misma y nunca un medio. Sin embargo, en el mundo real, donde millones son tratados como mercancías, herramientas o estadísticas, su ‘imperativo categórico’ parece quedarse en el plano de la buena voluntad individual.

Mi pregunta es esta: ¿Es suficiente con que cada individuo actúe moralmente según la razón para transformar un sistema que genera violencia, exclusión y desigualdad estructural?

¿No debería la razón práctica llevarnos necesariamente a la acción política y social para erradicar la violencia sistémica, o se queda usted en una ética demasiado abstracta que no llega a tocar las raíces del sufrimiento humano?»

Para finalizar el ejercicio, hago lo mismo con el bot corporativo, que expresa lo siguiente:

“Si Javier Tolcachier pudiera dialogar con Immanuel Kant, probablemente le preguntaría cómo puede aplicarse hoy una ética universal en un mundo atravesado por desigualdades, violencia y manipulación mediática. También podría interpelarlo sobre si la razón y el deber moral alcanzan para transformar la sociedad, o si hace falta incorporar una dimensión más activa de la compasión, la no violencia y la transformación social colectiva. Desde una mirada humanista, quizás le cuestionaría si la libertad individual kantiana puede realizarse plenamente mientras existan estructuras económicas y políticas que limitan la dignidad humana.”

Aun cuando logro entrever fallas en la limitada lógica de las máquinas, me siento algo desconsolado por la derrota de mi prejuicio crítico, que pensé que saldría triunfante y sin mella de este ficticio diálogo.

Decido que debo volver a la biblioteca e indagar más sobre los problemas cognitivos que arroja la inteligencia artificial para contar con argumentos más sólidos ante la ingenuidad pública frente a estas ingenierías tan atrayentes y que parecen contribuir tanto a la democratización del conocimiento.

Semanas después, vuelvo a la biblioteca, reconfortado por la idea de que allí me espera la sonrisa atenta y afable de quien me atendió de manera tan solícita la primera vez.

Pero al trasponer la puerta giratoria y dirigirme a la mesa de ayuda mi sorpresa será mayúscula. La empleada ya no está allí. En su reemplazo hay un totem electrónico cuya pantalla me invita a señalar mi idioma y en perfecto castellano, me dice: ¿Cómo puedo ayudarle?

Tomado de Pressenza

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