Europa ante el riesgo de garantizar la paz en Ucrania


Europa empieza a prepararse para un escenario que hasta hace poco parecía lejano: el final de la guerra de Ucrania y la necesidad de garantizar que Rusia no vuelva a invadir el país. Pero entre desear la paz y estar en condiciones de mantenerla existe una distancia considerable.
Francia y el Reino Unido han anunciado un ejercicio militar en Polonia, entre el 9 y el 22 de noviembre, en el que participarán aproximadamente 2.800 efectivos de once países, entre ellos España. El objetivo es ensayar el funcionamiento de una futura fuerza multinacional que podría desplegarse en Ucrania cuando exista un alto el fuego. Se trata de comprobar la capacidad de coordinación, transporte, protección y abastecimiento de unas tropas que tendrían una misión esencialmente disuasoria y de apoyo a la reconstrucción civil y militar ucraniana.


Sobre el papel, el planteamiento parece razonable. Ayudar a Ucrania a reconstruir sus fuerzas armadas, facilitar la recuperación de su espacio aéreo, contribuir a despejar las rutas marítimas del mar Negro y ofrecer garantías de seguridad para evitar una nueva agresión rusa. En definitiva, intentar que un eventual acuerdo de paz no se convierta simplemente en una pausa antes de la siguiente guerra.
Pero me pregunto:
¿Quién garantiza la seguridad de los soldados europeos que se desplieguen en territorio ucraniano? ¿qué ocurriría si Rusia decide atacar esas posiciones? Porque no estamos hablando de una misión humanitaria ni de una operación de observación internacional. Estamos hablando de militares europeos desplegados en un territorio que Moscú considera parte de su esfera de intereses y sobre el que mantiene una confrontación militar abierta.
Y no olvidemos que Rusia es una potencia nuclear.
Una cosa es enviar tropas con una misión defensiva y otra muy distinta es encontrarse en una situación en la que esas tropas sean atacadas. En ese momento, los gobiernos europeos tendrían que decidir si responden militarmente, si solicitan apoyo internacional o si aceptan una retirada que podría interpretarse como una derrota política y estratégica.
Yo no tengo una respuesta sencilla. Tampoco basta con afirmar que los soldados tendrán autorización para defenderse. La verdadera cuestión es qué harán los países europeos cuando la defensa implique enfrentarse directamente a las fuerzas rusas.
Tampoco olvidemos que Europa ha dependido durante décadas de la protección militar de EE.UU. y ahora pretendemos demostrar que podemos asumir nuestra propia seguridad, pero nadie aclara que haría EE.UU. en apoyo a Europa, ante una agresión de esta naturaleza.
Y no confundamos voluntad política con capacidad militar. Porque tener ejércitos, armamento y presupuestos de defensa no significa necesariamente disponer de una estrategia común, una cadena de mando eficaz y, sobre todo, una decisión política común ante una agresión que tendría enormes consecuencias.
Europa tiene derecho (y casi la obligación) de defender la soberanía de Ucrania y debe trabajar para impedir que cualquier fuerza militar se convierta en una herramienta legítima para modificar fronteras. Pero también tiene la obligación de explicar a sus ciudadanos qué compromisos está dispuesta a asumir y cuáles pueden ser sus consecuencias.
Porque si enviamos soldados, debemos saber para qué los enviamos, quién responde por ellos y qué sucederá si son abatidos.
La paz necesita garantías, pero las garantías también tienen un precio unas consecuencias y unas responsabilidades.
Europa quiere dejar de ser espectadora de su propia seguridad. La cuestión es si está preparada para asumir las consecuencias de convertirse en protagonista.
Joan Pau Rica Lopez
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