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Otro fútbol y otro mundo son posibles…e imprescindibles

Por Javier Tolcachier En pocos días más, las y los aficionados al fútbol (y no solo ellos y ellas) tendrán sus ojos puestos en las incidencias de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Un torneo que se disputará en medio de una crisis sistémica, también de proporciones mundiales y que al igual que muchas de

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Por Javier Tolcachier

En pocos días más, las y los aficionados al fútbol (y no solo ellos y ellas) tendrán sus ojos puestos en las incidencias de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Un torneo que se disputará en medio de una crisis sistémica, también de proporciones mundiales y que al igual que muchas de sus ediciones anteriores pretenderá distraer de problemas severos e inocultables.

Haciendo un breve recuento, el primer campeonato tuvo lugar en Uruguay en 1930, en medio de la Gran Depresión ocasionada por la burbuja financiera en los Estados Unidos. Cuatro años después, la Copa se jugó en la Italia de Benito Mussolini. El fascismo descubrió que once jugadores podían serle de gran utilidad, sobre todo con el triunfo que obtuvo la escuadra nacional.

En 1938, Francia hospedó el torneo con la sombra de la guerra que se desataría poco tiempo después. Doce años después, la Copa saldría de su escondite en una caja de zapatos, debajo de la cama del Vicepresidente de la FIFA para viajar al Brasil, quien perdió la final con el equipo uruguayo en un memorable partido definitorio en el Maracaná.

Suiza, que se había mantenido neutral durante la Guerra, debía simbolizar el regreso de la paz en el Mundial de 1954. Sin embargo, el mundo había entrado en una nueva guerra entre el bloque socialista y el bloque capitalista capitaneado por los Estados Unidos. Alemania, que regresaba al torneo después de haber estado prohibida su participación, venció a los favoritos húngaros en la final.

La Unión Soviética consiguió participar por primera vez en la sexta edición que se jugó en Suecia en 1958. La lucha por la liberación del colonialismo entraba a las canchas. Por vez primera tuvieron un cupo para participar seleccionados de Asia y África.

En 1962, dos años después del terrible terremoto de Valdivia, la Copa se jugó en Chile. Uno de los cuatro estadios utilizados era propiedad de la minera estadounidense Braden Copper Company – nacionalizada nueve años después por el gobierno de Salvador Allende. Brasil se llevó el trofeo de la mano de Garrincha y Pelé, pero la alegría desatada no duró mucho. El país, presidido por el progresista João Goulart, se vería ensombrecido por el golpe militar de 1964, dictadura que recién vería su fin veintiún años después.

En el 66´ la corona volvería a Europa y la ganó el local Inglaterra, mientras que en México 1970, en plena ebullición de la ola de rebeldía juvenil y a dos años de la masacre de estudiantes en Tlatelolco, Brasil consagraría su tercer triunfo. Los alemanes ganarían su segundo trofeo también como locales en 1974 superando, una vez más, al favorito equipo magiar. Pocos meses antes había ocurrido el embargo petrolífero de los países árabes, como represalia al apoyo que prestaron varios países occidentales a Israel en la guerra de Yom Kippur.

Mientras tanto, sangrientas dictaduras se ensañaban con los impulsos revolucionarios en América Latina. El mundial de 1978 intentaría tapar en Argentina la terrible violación a los Derechos Humanos de los sucesivos gobiernos militares que dejaría treinta mil víctimas.

Los mundiales jamás han estado separados de la política, del dinero o del poder.

España, poco después del fin de la dictadura franquista, organizó la Copa en 1982, en la que por primera vez participaron equipos de todos los continentes, un preludio de la globalización en ciernes.

En México 86, la “mano de Dios” y los pies de Maradona llevaron a Argentina a lograr su segundo galardón, derrotando en fase de cuartos de final a la escuadra inglesa, con las heridas aun frescas de la guerra en las colonizadas Islas Malvinas. Los sudamericanos no pudieron revalidar su título en el siguiente Mundial en Italia (1990), cayendo ante el conjunto alemán, cuyo pueblo celebraba la reciente reunificación nacional.

Regida por la preeminencia del neoliberalismo, en 1994 el Mundial de fútbol se disputó en los Estados unidos, un país sin tradición en este deporte. En 1998, el evento tendría lugar en Francia con el triunfo de la escuadra gala en el Estadio de Saint-Denis, un suburbio de París con una gran población inmigrante. Tiempo después, la ultraderechista Marine Le Pen calificaría a este barrio de la periferia capitalina como un área «fuera de control», una «zona sin ley» en manos de «escoria».

En el evento inaugural del siglo XXI, la Copa se disputó en Corea del Sur y Japón, siendo atravesada esta edición por la rampante corrupción de altos directivos de la FIFA. El lema del torneo siguiente, disputado en Alemania en 2006, (“El mundo entre amigos») no pudo plasmarse en el juego, rompiéndose el récord del mayor número de tarjetas amarillas y rojas. Fuera de la cancha, millones de personas sensibles habían llenado las calles en contra de la invasión estadounidense a Irak. Esta furiosa avanzada por recursos petrolíferos y control geopolítico había intentado legitimarse como “guerra contra el terrorismo islámico”, estigmatizando a las poblaciones musulmanas, sin distinción alguna, como fanáticos peligrosos.

El enorme Nelson Mandela celebraría la elección de Sudáfrica como sede del primer Mundial en suelo africano en 2010 a pesar de la enorme erogación financiera que suponía la construcción de nuevos estadios, mientras el país seguía cargando las enormes desigualdades heredadas del apartheid. También en Brasil, cuatro años después, el alto coste de las millonarias obras motivaron extendidas protestas por parte de la población brasileña, antes y durante el torneo. El clamor popular, más allá de la habitual euforia futbolera que caracteriza al país insistió – con toda la razón –  en que hubiera sido mucho más importante que el dinero de los estadios se hubiera invertido en hospitales y escuelas.

La vigésima edición fue en Rusia 2018, cuya elección como sede fue cuestionada por presuntas denuncias de corrupción. El entonces primer ministro Vladimir Putin dijo que consideraba las investigaciones como un intento de los Estados Unidos de expulsar a Joseph Blatter del cargo de presidente de la FIFA como castigo por su apoyo a Rusia como anfitrión del certamen. La elección del Reino de Qatar para el certamen 2022 tuvo idénticas sospechas, sumadas a los cuestionamientos por la violación de derechos humanos. En esa edición, en un final no apto para dolencias cardíacas, Argentina obtuvo su tercer trofeo.

La inminente Copa Mundial de Fútbol 2026, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, no logrará ocultar el intento de limpieza étnica de la población palestina, los bombardeos israelíes y estadounidenses contra Irán, el secuestro del presidente venezolano, las redadas antiinmigrantes y las agresivas medidas y la descarada injerencia del gobierno reaccionario de Donald Trump. Será un Mundial con una guerra abierta entre Rusia y Ucrania, conflictos armados en Sudán y República Democrática del Congo, catástrofes climáticas y la continuidad del expolio de los recursos naturales para beneficiar a unos pocos conglomerados financieros. Ningún gol podrá aliviar las violaciones a los derechos humanos, la violencia contra las mujeres, los intentos de recolonización, la discriminación racista o el incremento de las afecciones de salud mental.

Asistiremos a una sofisticada ingeniería tecnológica, que fuera de la competencia deportiva ya está siendo usada para vigilar a las poblaciones y asesinar selectivamente. Los juegos tendrán lugar en un escenario geopolítico que, más allá de sus resultados deportivos estará signado por un nuevo (des)equilibrio internacional que ya no estará asentado sobre la hegemonía del eje occidental.

Sucede que el fútbol y el deporte en general, absorbido por intereses mezquinos, convierte la alegría en mercancía y el juego en negocio. Los mundiales y megaproyectos deportivos no favorecen a las comunidades, ponen las ganancias por encima de la vida y venden la ilusión efímera de que la felicidad puede vestirse con la casaca de un equipo nacional.

Frente al futbol espectáculo, frente al fútbol que oculta la desigualdad y la discriminación, es preciso reivindicar el futbol de los barrios, de las comunidades y de los pueblos. El fútbol que siempre nace y se nutre del corazón de los desheredados, de los excluidos y despojados.

Otro fútbol es posible e imprescindible, el que sirve al encuentro y a la paz, no a la división, a la manipulación o al enfrentamiento. Ese fútbol que hoy crece desde la convicción de todas y todos aquellos que queremos un mundo justo, con igualdad de derechos y oportunidades de desarrollo para todo ser humano sobre la Tierra, por el solo hecho de haber nacido. Un mundo humanista.

Tomado de Pressenza

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