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La ciudad argentina de Rosario sufre una ola de violencia con récord de 43 asesinatos

Especialistas advierten que los crímenes no se pueden explicar solamente a partir de peleas entre bandas de narcotraficantes.

Argentina 25 de febrero de 2020 Cecilia González
gendarmeria
Un oficial de la Gendarmería argentina patrulla Villa Banana, un barrio humilde de la ciudad de Rosario, Argentina, el 10 de septiembre de 2015. Enrique Marcarian / Reuters

A Martín Sebastián Berton, hijo de una dirigente peronista, lo mataron de 40 balazos. También fue la víctima 40 en lo que va del año en la nueva oleada de violencia que ha vuelto a poner en el centro de la alarma social a Rosario, una ciudad argentina ubicada en la provincia de Santa Fe.

El crimen ocurrió el miércoles pasado. En los días siguientes el número de muertes por arma de fuego ascendió a 43. Eran hombres de 35, 43 y 50 años que terminaron asesinados sin motivos claros, como en tantos otros casos. 

A mediados de febrero mataron a una pareja y a su bebé. Antes, a varios jóvenes veinteañeros, algunas mujeres, un taxista, un cuidacoches. El rango etario se amplifica tanto como los lugares elegidos para los crímenes, desde casas particulares y autos hasta veredas, ya sea de noche o a la luz del día.

No es la primera vez que los niveles de violencia de Rosario llaman la atención. Los asesinatos comenzaron a elevarse en 2012 y desde entonces superan el promedio del resto del país, lo que abona lugares comunes para recordar que hace décadas la ciudad fue bautizada como "la Chicago argentina" por la presencia de organizaciones mafiosas, o para comparar lo incomparable y afirmar que es "la nueva" Ciudad Juárez o Medellín. Aunque es cierto que el negocio narco se fortaleció en los últimos años, lo hizo a través de bandas y no de cárteles con el nivel de organización que tienen los mexicanos o colombianos, ni con la cantidad, variedad y producción de sustancias que hay en esos países.

La violencia excede la guerra narco

La problemática se suele resumir en una pelea de narcotraficantes por el territorio, a "ajustes de cuentas" entre criminales que se disputan la venta de drogas ilegales.

Eugenia Cozzi, profesora del Departamento de Derecho Penal, Criminología y Seguridad Ciudadana de la Universidad de Rosario, no está de acuerdo.

"Suele haber una interpretación solo en clave de guerra narco, pero esa mirada es insuficiente porque no aborda la complejidad del tema. En otras ciudades latinoamericanas se ha demostrado que el desarrollo de un mercado ilegalizado no necesariamente genera violencia", dice la criminóloga en entrevista con RT.

Si bien reconoce que el narcomenudeo está territorializado y genera conflictos, aclara que no todos los homicidios se pueden reducir a disputas entre narcos, sobre todo porque esas posturas culminan en políticas punitivistas y porque la mayoría de la violencia la protagonizan jóvenes que dan otro tipo de explicaciones.

"Decir que son peleas narco desecha otras dinámicas que suceden ligadas a los homicidios y no permite pensar intervenciones adecuadas. Por ejemplo, ¿qué pasa con las armas de fuego, con las municiones?, ¿de dónde salen?, ¿las muertes son investigadas, sancionadas adecuadamente?", cuestiona.

La violencia excede la guerra narco, insiste, porque en los testimonios que ella ha recolectado en su trabajo de campo los jóvenes cuentan que participar en asesinatos les permite "construir honor" y lograr fama y un reconocimiento que en otros espacios sociales no les es posible.

Además, advierte, la Policía es un actor fundamental en esta trama de violencia que no puede dejarse de lado porque forma parte de las organizaciones criminales, no es que nada más pida sobornos para no hacer detenciones o liberar zonas para que los narcos operen.

El periodista Germán de los Santos coincide. "En la mayoría de las investigaciones por narcotráfico en la justicia provincial aparecen policías involucrados, se ha demostrado la convivencia", recuerda el coautor del libro "Los monos: historia de la familia narco que convirtió a Rosario en un infierno".

La participación de la Policía en el mercado narco también se ha demostrado en la provincia de Buenos Aires, pero sin que haya estallado una oleada de violencia como la que padece Rosario. De los Santos precisa que la diferencia es que el sistema de cobros ilegales de las fuerzas de Seguridad en Buenos Aires tiene una estructura piramidal que evita rebeliones.

"Acá en Rosario esa estructura se quebró, no hay control, se recauda ilegalmente y no va para más arriba, el reparto se distorsiona en el medio, se crean grupos policiales más chicos que no responden a la verticalidad", dice.

Con respecto a los asesinatos de este año, De los Santos enumera como posibles motivos la asunción del nuevo ministro de Seguridad provincial, Marcelo Sain, y la purga en la Policía de Santa Fe, en donde fueron relevados 70 jefes y subjefes policiales.

"Llama la atención que en el mismo momento que hay estos cambios se produzca la escalada de violencia. Esto ya pasó en 2014, cuando hubo 416 homicidios, una tasa de 20,4 asesinatos cada 100.000 habitantes que supera la tasa promedio del resto del país, que es de cinco asesinatos cada 100.000 habitantes. Las cifras han oscilado, pero se mantienen muy altas", señala.

La respuesta de las autoridades ha sido enviar al cuerpo de Gendarmería, lo que ha ocurrido en cinco ocasiones sin que ello impacte en serio en la reducción de una violencia que en parte se explica porque en Rosario los narcotraficantes encontraron en la muerte un recurso para ordenar el mercado.

"Aquí no hay exportación de droga, es un mercado doméstico de narcomenudeo, por eso hay bandas que se pelean por territorios que son apenas dos o tres manzanas. Ponen cocinas con pasta base de cocaína que traen desde Bolivia y que cortan en la ciudad", afirma el periodista.

La mayoría de los crímenes, agrega, se producen en la periferia, en donde viven los sectores más pobres de la ciudad, en donde el Estado se retiró hace mucho tiempo y a donde de manera intermitente intenta regresar para ofrecer programas sociales que eviten que los jóvenes se incorporen a las organizaciones criminales.

"Pero ya es tarde, dejaron que el problema madurara. El Estado también tiene que hacerse cargo de que todo esto no pasaría si los policías no fueran socios de los narcos, su participación es fundamental para que haya estos niveles de violencia", señala.

Cecilia González

Tomado de RT Noticias

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