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Emergencia climática en 2019-2020: Termina una década perdida, comienza la década crítica

En una carta abierta hecha pública el 5 de noviembre, a 40 años de la primera conferencia mundial sobre el clima (Ginebra, 1979), 11 000 científicos de 153 países advierten que “la crisis climática se está acelerando más rápido de lo que preveía la gran mayoría de los científicos”

Ecología y medio ambiente 04 de enero de 2020 Deny Extremera San Martín
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El huracán Dorian, que causó gran devastación estacionado por horas sobre las Bahamas, tomado desde la Estación Espacial Internacional, septiembre de 2019. Foto: NASA.

Si en 2018 continuaron sonando las alarmas, 2019 ha sido el año del llamado perentorio a actuar frente al calentamiento global. Otro año de más tiempo perdido, de Greta Thunberg y el creciente –porque ya se nota alta su voz–movimiento mundial contra la inacción frente al cambio climático. Otro año en que, a nivel global, se gastó mucho en lo que menos apremia pero más retorno de inversión ofrece (la ética y el sentido común no se cotizan en Bolsa).

Fue el año en que aparecieron nuevas propuestas de posibles soluciones a la crisis medioambiental –y comenzaron a aparecer modelos más definidos de posibles escenarios futuros–, pero poco parecen importar. El año de grandes incendios forestales –de las zonas árticas a los trópicos, de Alaska y Siberia y Canadá a la Amazonía, África y Australia–, y en el que causaron alarma nuevas evidencias sobre el estado de la capa de hielo en Groenlandia y la Antártida.

De la noción –y certeza– de calentamiento global (ha habido ciclos de calentamiento y enfriamiento a lo largo de millones de años en la historia del planeta), hemos pasado en los últimos años por la de cambio climático (también, naturales y periódicos en la vida de la Tierra) y llegado a la de cambio climático antropogénico: vivimos el primero de estos eventos inducido por la civilización, que pone en peligro la existencia de la humanidad; en él, el calentamiento natural ha sido disparado en cuestión de décadas, básicamente, por una economía basada en la quema de combustibles fósiles. En 2019 resonó más y más el término “emergencia climática”: son grandes los retos y las fuerzas involucradas y en tensión, se prevén graves consecuencias y se nos acaba el tiempo.

Terminando 2018, y a lo largo de 2019, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) –que desde 1990 ha estado insistiendo en la urgencia de afrontar el calentamiento global– advirtió que 2030 es el plazo para reducir las emisiones netas mundiales de CO2 (hasta -45% respecto a los niveles de 2010, en camino de alcanzar cero emisiones en 2050), y limitar así el calentamiento global en +1.5°C respecto a los niveles preindustriales (1850-1900), con lo cual se espera evitar que el cambio climático llegue a un punto de consecuencias duraderas e irreversibles que comprometan el futuro de la humanidad.

El IPCC fue creado en 1988. Desde ese año, según datos internacionales, se ha sumado más carbono a la atmósfera que en toda la historia de la humanidad. Han sido tres décadas de advertencias científicas desoídas por quienes tenían el poder y la responsabilidad de cambiar el curso de las cosas desde los Gobiernos.

En una carta abierta hecha pública el 5 de noviembre, a 40 años de la primera conferencia mundial sobre el clima (Ginebra, 1979), 11 000 científicos de 153 países advierten que “la crisis climática se está acelerando más rápido de lo que preveía la gran mayoría de los científicos” y que se deben introducir cambios drásticos en las sociedades para impedir “un sufrimiento incalculable debido al cambio climático”.

Cuando el fuego y el agua traen malas señales, y no las únicas

Según los datos recogidos en los últimos meses, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó el 20 de diciembre que 2019 “puede ser el segundo o tercer año más cálido registrado”. El ranking definitivo será confirmado en enero por la OMM, que parte del análisis integrado de bases de datos internacionales.

Pero más importante que el ranking de años son las tendencias, aclaró la organización. Las temperaturas medias para los últimos cinco años (2015-2019) y para la última década (2010-2019) son las más altas registradas hasta ahora. Desde 1980, cada década ha sido más cálida que la precedente.

Y, lo peor, la tendencia debe seguir una curva ascendente, dado que siguen aumentando las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera terrestre.

En 2019, la concentración de CO2 en la atmósfera alcanzó su nivel histórico más alto, más de 415 partes por millón (ppm), muy superior a los 250 ppm de la era preindustrial. Hace entre tres y cinco millones de años, el planeta tuvo una concentración similar de CO2; entonces, el nivel del mar estaba entre 10 y 20 metros por encima del actual.

Desde la Revolución Industrial, la civilización ha lanzado a la atmósfera unos 300 000 millones de toneladas de CO2, mayormente por la quema de combustibles fósiles. Según datos de la ONU, los bosques absorben hoy alrededor de 2 000 millones de toneladas de CO2 cada año y son insuficientes para “secuestrar” todo el CO2 que emitimos a la atmósfera. Pero siguen cayendo bajo las llamas, y se siguen quemando grandes zonas boscosas.

Algunas evidencias reiteradas en diciembre en la versión provisional de la “Declaración de la OMM sobre el estado del clima mundial”):

–Hasta 2019, la temperatura media global ha aumentado 1.1ºC desde la era preindustrial (mediados del siglo XIX). Casi 0.6°C de ese calentamiento corresponde a los últimos 30 años. Mientras, en los océanos el alza fue de medio grado.

–Continúa el derretimiento del hielo ártico (en esa zona, por un fenómeno conocido como “amplificación ártica”, la temperatura aumenta al doble del ritmo que en otras zonas del planeta), y se aprecia un impulso en el derretimiento de la capa de hielo en Groenlandia, lo cual contribuye a la elevación del nivel del mar. Los cambios en el Ártico repercuten en patrones climáticos y olas de calor en el hemisferio norte.

En 2019, la cubierta de hielo marino se redujo a su segundo nivel más bajo para un mes de noviembre, tanto en el Ártico como en la Antártida, luego de noviembre de 2016. La cubierta de hielo marino en el Ártico fue 12.8% menor que el promedio entre 1980 y 2010, mientras que la cubierta en la Antártida estuvo 6.35% por debajo de la media de ese periodo.

La capa de hielo de Groenlandia está perdiendo unos 267 000 millones de toneladas métricas de hielo por año, y actualmente contribuye al nivel medio global del mar a una tasa de 0.7 mm por año.

En octubre de 2019, imágenes satelitales detectaron nuevas grietas, una de ellas de hasta 20 km de longitud, en el glaciar Pine Island, en la Antártida occidental. Un experto de la Agencia Espacial Europea (ESA, inglés) dijo que el monitoreo invernal de la extensión progresiva de las grietas indica “que se desprenderá un nuevo iceberg de proporciones similares al B46 de 2018”, de 226 kilómetros cuadrados. Foto: ESA.

–Se han roto récords de concentración en la atmósfera de los tres principales gases de efecto invernadero: dióxido de carbono, metano y óxido nitroso.

–“Con los ritmos actuales de emisiones de CO2, nos dirigimos a un aumento de la temperatura media global de 3 a 5ºC hacia finales de siglo, respecto a los niveles preindustriales”, advirtió el secretario general de la OMM, Petteri Taalas.

–Datos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, inglés), de EE.UU., y del Servicio de Cambio Climático Copernicus, del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (CEPMMP), revelan que el periodo enero-noviembre de 2019 fue el segundo más cálido registrado, luego del correspondiente a 2016.

Igualmente, el periodo septiembre-noviembre fue el segundo más caliente (luego de 2015). El de 2019 fue uno de los tres meses de noviembre más cálidos registrados, muy cerca de los de 2015 y 2016. Los cinco meses de noviembre más calientes han acontecido desde 2013. (La propia OMM divulgó en 2019 que 20 de los últimos 22 años han estado entre los más cálidos registrados en la historia).

Prosigue el calentamiento de la superficie del mar: el valor medio de 2019 clasifica como el segundo más caliente hasta la fecha, solo 0.03°C por debajo del récord de 2016, de acuerdo con la NOAA.

El deshielo del permafrost (capa de subsuelo congelada bajo el hielo, con una edad geológica de miles de años) podría liberar un estimado de 300 a 600 millones de toneladas anuales de carbono a la atmósfera.

Las temperaturas son solo una parte de la historia. La última década se ha caracterizado por el retroceso de las capas de hielo, las altas temperaturas y la acidificación creciente del océano, y el clima extremo. Estos factores se han combinado para generar mayores impactos en la salud y el bienestar tanto de seres humanos como del medioambiente, destaca un informe provisional de la OMM presentado en diciembre durante la COP25, en Madrid, previo al informe definitivo que será presentado en marzo próximo.

La ONU advertía a mediados de año que la tasa observada de aumento medio global del nivel del mar se aceleró de 3.04 mm por año durante el periodo 1997-2006 a aproximadamente 4 mm anuales durante 2007-2016. Esto se debe a la mayor tasa de calentamiento y derretimiento de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida occidental.

De 2009 a 2018, los océanos absorbieron aproximadamente el 22% de las emisiones anuales de CO2, lo cual contribuyó a atenuar el cambio climático, pero elevó la acidez de las aguas, que hoy es 26% más alta que en la era preindustrial.

La acidificación del océano afecta a los arrecifes de coral, hábitat del 25% de las especies marinas. Foto: whoi.edu.

Durante 2019, proyecciones de organizaciones como la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (FICR), ONU Medio Ambiente y la Organización Internacional de Migraciones revelaron que hacia 2050 el costo humanitario del cambio climático ascenderá a unos 20 000 millones de dólares y 200 millones de personas necesitarán cada año asistencia humanitaria por tormentas, sequías e inundaciones, casi el doble de los 108 millones que lo necesitan actualmente.

Podría desaparecer casi el 90% de los arrecifes de coral, hábitat del 25% de las especies marinas (con el alza de emisiones, los océanos también absorben más CO2 y se acidifican, además de calentarse con el aumento de la temperatura), y las migraciones como consecuencia del cambio climático involucrarán a entre 25 y mil millones de personas que se desplazarán dentro de sus países o más allá de sus fronteras (la cifra más probable sería de 200 millones).

Con los compromisos y los volúmenes de emisiones de CO2 actuales, el mundo va camino hacia un alza de 3°C o más en la temperatura para finales de siglo, un escenario que los científicos advierten más catastrófico y que no es del todo previsible.

De Australia vino una señal inquietante: ya no se trata de advertencias y pronósticos. Comienzan a aparecer los modelos de escenarios futuros probables con base en los datos y estudios existentes. Uno de ellos ha sido concebido por el Centro Nacional de Restauración del Clima Breakthrough, de Melbourne.

Según ese modelo, si la temperatura aumenta 3°C (lo que es posible al ritmo actual de emisiones de CO2), la vida del planeta hacia 2050 incluiría más de mil millones de desplazados, unos 20 días de calor letal cada año en 35% del área terrestre, donde habitaría el 55% de la población mundial (en zonas más calientes serán 100 días por año); la escasez crónica de agua y alimentos (con la consiguiente escalada de precios) y el colapso de ecosistemas claves para el equilibrio climático global como el Ártico, la selva amazónica y los sistemas de arrecifes de coral, sin que se excluya la posibilidad de “caos”.

Los efectos del cambio climático (junto a prácticas agrícolas intensivas, el monocultivo, el uso excesivo de pesticidas, la pérdida de la biodiversidad y la contaminación) están entre las causas que reducen hoy las poblaciones de abejas y otros polinizadores, responsables de polinizar más del 75% de los cultivos claves para la alimentación de la humanidad, ha advertido la FAO.

“Un futuro apocalíptico no es inevitable –dijo un experto cercano al proyecto australiano–. Pero sin una acción drástica inmediata, nuestras perspectivas son pobres”.

Es una conclusión o advertencia similar a la de los expertos del IPCC cuando recalcan lo vital de limitar a +1.5°C el alza de la temperatura global respecto a los niveles preindustriales (mediados del siglo XIX) y subrayan que evitar que el cambio climático llegue a un punto de consecuencias duraderas e irreversibles que comprometan el futuro de la humanidad es algo posible según las leyes de la química y la física, pero serán necesarios “cambios de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”, que van de la matriz energética al sistema financiero y el uso sostenible de la tierra.

En el horizonte está el plazo de 2030 señalado por los informes del IPCC para lograr una reducción de las emisiones netas mundiales de CO2 (-45% respecto a los niveles de 2010, camino a cero emisiones en 2050), que permita mantener la posibilidad de limitar el calentamiento global en +1.5°C respecto a los niveles preindustriales (1850-1900) y evitar que el cambio climático llegue a un punto de consecuencias duraderas e irreversibles que comprometan el futuro de la humanidad.

Precisamente, terminando 2019 y en los inicios de 2020, Australia vive cercada por los incendios forestales, que han devastado cuatro millones de hectáreas, causado la muerte de al menos 15 personas y un número indeterminable de animales, y destruido más de mil casas.

Aun en medio de los incendios, cuando miles de personas en el sudeste del país debían refugiarse en la costa para huir del fuego, en Sídney se celebró un vistoso espectáculo de fuegos artificiales por fin de año –que deja ganancias por algunas decenas de millones de dólares–, al igual que en muchas ciudades del planeta.

Las llamas, que incluso se han acercado a Sídney y otras importantes ciudades como Melbourne, han generado en algunos sitios temperaturas de cientos de grados, letales para seres vivos en las cercanías. Aunque son habituales en esta época, los incendios forestales llegaron esta temporada antes de lo normal y han sido muy violentos debido a la intensa sequía, los fuertes vientos y las altas temperaturas (de más de 40°C en todo el país y hasta 47°C en algunas zonas). Los científicos señalan como causa el calentamiento global.

Pero hubo fuegos artificiales y celebración a pesar del fuego, del riesgo de nuevos incendios y de la tragedia que viven miles de australianos.

Seguimos pensando que la desgracia de otros no es la nuestra. Que no llega a nuestra “parte” de atmósfera el humo del bosque que se quema en otra parte. Que el cambio climático, de alguna manera, tocará a otros, o no será tan “apocalíptico” ni “globalizado”. En el peor de los casos, que es puro “catastrofismo”.

La realidad y las cifras desmienten esas percepciones. Solo en el caso del “humo que no llega a nuestra parte”, basta con apreciar las imágenes de satélite de los fuegos en la Amazonía y Australia para ver las grandes masas de gases que traspasan fronteras. Los árboles y grandes masas forestales que hasta ahora eran valiosos “secuestradores” de CO2, se convierten en emisores netos del gas a la atmósfera.

Esta imagen de satélite muestra cómo el humo de los incendios en Australia se extiende miles de kilómetros en el Pacífico, mucho más allá de Nueva Zelanda. Imagen: OMM.

Humo de incendio en Victoria, segundo estado mas poblado de Australia. Foto: AP.

Bosques maduros y vírgenes que absorbían y retenían dióxido de carbono se queman –y no solo perecen árboles, sino miles y miles de animales de una cifra indeterminada de especies– y se convierten en fuentes emisoras netas de CO2. Hay menos árboles ahora para absorber y almacenar los gases de efecto invernadero, y más CO2 que va a parar a la atmósfera.

Según el Instituto de Recursos Mundiales, las emisiones anuales de CO2 provenientes de la pérdida de cubierta forestal en países tropicales promediaron 4 800 millones de toneladas por año entre 2015 y 2017. Es decir, la pérdida de bosque tropical está generando más emisiones en un año que la que causarían 85 millones de autos en toda su vida útil.

Por su parte, los gobernantes –principalmente los de los países que más contribuyen al calentamiento– insisten en agendas nacionales que siguen debilitando un multilateralismo imprescindible para la acción mundial, coordinada e integrada, que se necesita.

Prima la visión economicista del desarrollo, en la que números y constante crecimiento son la regla de oro, aunque hace mucho la crisis medioambiental –que es transversal a todos los grandes problemas de la humanidad y considerada por la ONU la principal amenaza que afronta el género humano– requiere que se imponga una visión diferente y que términos como sostenibilidad, carbono-neutral, inclusión, distribución equitativa, participación, cooperación y convivencia pacífica sean normativos y orgánicamente integrados en la economía y la sociedad, en la política y las relaciones internacionales, en los planes de desarrollo y en la matriz energética de los países.

El secretario general de la ONU, António Guterres, ha debido señalar más de una vez la inacción negligente y egoísta de Gobiernos y organizaciones empresariales.

“El cambio climático es el asunto más importante que enfrentamos. Afecta todos nuestros planes de desarrollo sostenible y para un mundo seguro y próspero. Por eso es difícil entender por qué nos estamos moviendo tan despacio, o incluso en la dirección equivocada”, decía a finales de 2018.

Un año después, en diciembre de 2019, durante la vigésimo quinta conferencia de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25), parecía no haber pasado el tiempo. Guterres advertía que “el punto de no retorno ya no está en el horizonte. Está a la vista y se precipita hacia nosotros”.

Aunque aún es posible alcanzar la neutralidad de carbono en 2050 y reducir hacia 2030 las emisiones de gases de efecto invernadero en 45% respecto a los niveles de 2010, Guterres se quejó de que “hasta ahora, los esfuerzos han sido completamente insuficientes y los compromisos del Acuerdo de París todavía significan un aumento de 3.2°C, a menos que se tomen medidas más drásticas.

“Las tecnologías que son necesarias para hacer esto posible ya están disponibles, las señales de esperanza se están multiplicando. La opinión pública está despertando en todas partes. Los jóvenes muestran un notable liderazgo y movilización”, dijo, pero falta “voluntad política para ponerle precio al carbono. Voluntad política para detener los subsidios a los combustibles fósiles, o para cambiar los impuestos de los ingresos al carbono gravando la contaminación en lugar de las personas”.

Según datos divulgados por Global Carbon Project durante la celebración de la COP25 en Madrid, durante 2019 aumentaron 0.6% las emisiones de CO2. Foto: Reuters.

A dónde va el dinero

Mientras aumentan las emisiones, se concentra más CO2 en la atmósfera y se hace más inestable el clima, sigue creciendo el gasto militar global y los países se ponen de acuerdo más fácilmente en una cumbre como la de la OTAN (donde, también cerrando el año, trascendió que desde 2016 el incremento en los gastos militares de esas naciones ha sido de 130 000 millones de dólares, y hasta 2024 acumulará 400 000 millones) que en una cita como la COP25, para acordar planes de reducción de emisiones y comprometer inversiones en energías renovables y otras vías para ralentizar el calentamiento del planeta.

El informe anual presentado en el primer semestre de 2019 por el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) señala que el gasto militar en 2018 representó el 2.1% del producto bruto interno (PIB) mundial y estableció un nuevo récord al superar los 1.8 billones de dólares, 2.6% más que en 2017.

Además de que hacia 2050 el 85% de la electricidad generada en el planeta provenga de fuentes renovables, uno de los requerimientos para afrontar el cambio climático es que se invierta para mitigarlo una cifra equivalente al 2.5% del PIB mundial durante dos décadas (solo cuatro puntos porcentuales más que el gasto militar de 2018). Es un cambio que requiere vastos recursos, una lógica de cooperación y el apoyo a un sistema multilateral que lidere el camino, pero, en la base de todo, voluntad política.

Guterres lo ha reiterado: el calentamiento del planeta es “el asunto más importante” que encara la humanidad.

“El riesgo de descontento, de creciente desigualdad y peores niveles de privación, podría estimular respuestas nacionalistas, xenofóbicas y racistas. Mantener un enfoque equilibrado en términos de derechos civiles y políticos será extremadamente complejo”. (Philip Alston, relator especial de la ONU sobre la pobreza extrema)

La crisis climática que podría empeorar en próximas décadas planteará retos en todos los campos: pérdidas económicas por desastres, altas temperaturas, tensiones sociales por desplazamientos de personas y migraciones internacionales en un contexto de crecimiento poblacional y acentuada desigualdad, cambios en los regímenes climáticos y en patrones epidemiológicos, aumento de las infecciones resistentes, conflictos por recursos naturales, grandes ciudades inundadas, extinción masiva de especies, escasez de alimentos por declive agrícola debido en parte al cambiante clima y a la reducción de las poblaciones de insectos…

El SIPRI señala que “ahora, el gasto militar mundial es 76% más alto que el mínimo logrado en la posguerra fría en 1998”.

Se gastan hoy en armamento –y ya se vuelve a mirar al espacio como campo de operaciones militares, y aparecen nuevas generaciones de armas– fondos y recursos que podrían ser vitales en el enfrentamiento al cambio climático, que, una vez consolidado, planteará graves problemas de supervivencia a parte importante de la población mundial y serios retos en términos de seguridad y gobernabilidad por la transversalidad de la crisis a todos los sectores de la economía y la sociedad.

Si añadimos a esto la falta de acción y voluntad de los Gobiernos, será difícil comprender por qué algunos llegan a extrañarse por el rostro y el tono airado de la joven activista sueca Greta Thunberg al hablar en la Cumbre de Acción Climática, en Nueva York, el pasado mes de septiembre. Simplemente, no tiene razones para sonreír.

Según datos de la ONU, el sector energético, que depende en gran medida de los combustibles fósiles, es responsable de aproximadamente el 40% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono. Aunque las Naciones Unidas piden urgentemente el fin de los combustibles fósiles, todavía se están construyendo cientos de nuevas centrales eléctricas de carbón y decenas más están en proceso.

La ONU promueve medidas como los impuestos a las emisiones de carbono, el fin de los subsidios a productores de combustibles fósiles, estimados en billones de dólares, y que la construcción de centrales eléctricas de carbón se detenga en 2020, si queremos tener una posibilidad de poner fin a la crisis climática.

El definitorio informe que presentó el IPCC a fines de 2018 insistía en que en 2020 las emisiones globales de CO2 deben comenzar a bajar para intentar mantener por debajo de 1.5°C el alza de la temperatura, algo vital para evitar un impacto más severo del cambio climático.


Hasta cuatro millones de personas, según algunas fuentes, se manifestaron en decenas de ciudades de todo el mundo durante la movilización por la acción climática, poco antes de la cumbre en Nueva York, en septiembre de 2019. En la imagen, uno de los participantes en una marcha en Chile. Foto: Getty Images.

De Greta y millones hasta Guterres y el papa

Le critican por faltar un día a la escuela cada semana; le señalan su asperger y su rostro airado, ser el centro y ser muy joven. Greta Thunberg tiene 16 años, pero habla claro y con total honestidad, como en su discurso a los gobernantes reunidos en la Cumbre de Acción Climática, en Nueva York, en septiembre pasado.

“Ustedes se han robado mis sueños, mi infancia, con sus palabras vacías, y aun así yo soy una de las afortunadas. La gente sufre, la gente muere y ecosistemas enteros están colapsando. Estamos al principio de una extinción masiva y ustedes solo hablan de dinero y de cuentos de hadas de eterno crecimiento económico. ¡Cómo se atreven!”. (Greta Thunberg ante asistentes a Cumbre de Acción Climática, Nueva York, 23 de septiembre de 2019)

 

Claramente, no puede ser el mismo su rostro al hablar ante el plenario o ver llegar a Donald Trump al edificio de la ONU, que al conversar con el naturalista británico David Attenborough –que tanto ha hecho por el medioambiente con sus series documentales sobre la naturaleza–, en una sesión vía internet luego divulgada en las redes sociales.

Trump, por cierto, es uno de los gobernantes que han desperdiciado su tiempo –tal vez no encuentran algo mejor que hacer, aunque él se dedica a hablar sobre el viento en discursos donde asegura ser un ambientalista– atacando a Thunberg en las redes sociales.

No es diplomática, ni estadista: es una joven que ha inspirado a miles a alzar su voz con su movimiento FridaysForFuture. No como en una secta de esas de oscuros expedientes o fatales desenlaces que vimos en las últimas décadas, sino en un movimiento global diverso, que ha reunido a millones en las calles de decenas de países y que expresa la reacción de una generación que toma lo mejor del conocimiento y la información a su alcance, las redes sociales y la conciencia medioambiental para presionar, con todo derecho, por un futuro mejor y un planeta saludable.

La voz de Greta, entrecortada pero firme, su tono acusador y su rostro airado reprendiendo a los líderes mundiales reunidos en la Cumbre de Acción Climática, expresan la postura de un número cada vez mayor de jóvenes conscientes del problema, que piden cuentas y exigen acción y compromiso a quienes tienen el poder de hacer más llevadera o arruinar la vida en el planeta para las décadas por venir.

Es la humanidad del futuro que mira críticamente hacia este momento del siglo XXI. Y es una de las mejores noticias que se puedan tener en el presente.

En su mensaje por el fin de 2019 y la llegada de 2020, el secretario general de la ONU recordó que “el cambio climático no es solo un problema a largo plazo, sino un peligro claro y presente (…) Este año, el mundo necesita que los jóvenes sigan manifestándose. Sigan pensando en grande, sigan traspasando los límites, y sigan ejerciendo presión (…) No podemos ser la generación que escondió la cabeza en la arena mientras el planeta ardía”. Sí que hacen falta más Gretas y más días por el futuro.

En otro mensaje conjunto con el papa por la pasada Navidad, Guterres habló de la necesidad de “paz y armonía” en tiempos “turbulentos y desafiantes”, mientras que Francisco apuntó que “la confianza en el diálogo entre las personas y entre las naciones, en el multilateralismo, en el papel de las organizaciones internacionales, en la diplomacia como instrumento para la comprensión y el entendimiento, es indispensable para construir un mundo pacífico”.

Y solo en un mundo pacífico, donde haya consenso, compromiso y confianza de los Gobiernos para cooperar y dedicar los recursos a los asuntos que perentoriamente los reclaman, podrá el género humano superar la crisis que se avecina y evitar sus consecuencias “duraderas e irreversibles”.

Un millón de especies de animales y plantas, de los ocho millones que se conocen, están amenazadas de extinción y podrían desaparecer en pocas décadas si no se toman medidas urgentes, según la ONU.

El 75% de los ecosistemas terrestres y el 66% de los marinos ya están “gravemente alterados”. Más del 85% de los humedales que existían en 1700 se han perdido.

El 2020 es un año clave. Luego de la década más caliente –que, según advirtieron a inicios de diciembre la OMM y la OMS, cierra sin medidas efectivas para proteger nuestra salud contra el cambio climático–, y camino al cierre de la década que se inicia –que marca el plazo para actuar y abrir la puerta a un cambio climático moderado y menos catastrófico–, los meses por venir son esenciales en el calendario para definir las acciones.

Y ello requerirá que muchos Gobiernos asuman e implementen compromisos para reducir sus emisiones más cercanos a lo que se necesita y con la celeridad que se requiere. Entre otras acciones urgentes este año, está resolver el financiamiento para la acción climática en todo el mundo. Si se demora la reacción, no alcanzará el tiempo.

Hoy, los compromisos asumidos por los países tras la firma del Acuerdo de París (2015) son insuficientes y no alcanzan para lograr la meta de asegurar un alza de solo +1.5°C en la temperatura respecto a los niveles de mediados del siglo XIX.

A finales de noviembre, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) alertó que “a menos que las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero caigan 7.6% cada año entre 2020 y 2030, el mundo no alcanzará el objetivo de limitar el calentamiento global a 1.5°C por encima de los niveles preindustriales establecido en el Acuerdo de París”.

El Pnuma señaló que, aun si se implementaran todos los compromisos incondicionales actuales en virtud del acuerdo, “se espera que las temperaturas aumenten 3.2°C, lo que provocará impactos climáticos más destructivos y de mayor alcance. Esto quiere decir que la ambición colectiva debe aumentar más de cinco veces sobre los niveles actuales para lograr los recortes necesarios durante la próxima década”.

Según el Pnuma, las emisiones de gases de efecto invernadero han aumentado 1.5% anual durante la última década. En 2018, las emisiones, incluidos los cambios en el uso del suelo, como la deforestación, alcanzaron un nuevo máximo que equivale a 55.3 gigatoneladas de CO2.

“Estamos avanzando hacia un calentamiento de 3 a 5°C para fines de este siglo en lugar de 1.5 a 2, que era el objetivo del Acuerdo de París”, afirmó en noviembre el director de la Organización Meteorológica Mundial, Petteri Talas, al presentar en Ginebra el Informe Anual de Brecha de Emisiones.

Manifestación llamando a actuar contra la crisis climática durante la celebración de la COP25, en diciembre pasado en Madrid. Foto: ONU.

En diciembre, la COP25, en Madrid –reconoció la propia ONU–, concluyó “con avances significativos de parte del sector privado y los gobiernos regionales y locales, pero sin un consenso en cuanto a los compromisos nacionales de reducción de las emisiones de carbono”.

Pocos países presentaron planes con compromisos concretos de recorte de emisiones, en línea con los objetivos del Acuerdo de París; no hubo consenso sobre regulación de los mercados de carbono y sí desacuerdos en temas como las cuotas nacionales de reducción de emisiones, el financiamiento para la adaptación al cambio climático y la asistencia a las naciones en desarrollo que sufren más el impacto del cambio climático aunque son bajas sus emisiones de carbono.

El secretario general de la organización, António Guterres, consideró en un mensaje en Twitter que “la comunidad internacional perdió una oportunidad importante de mostrar una mayor ambición en la mitigación, adaptación y financiamiento para afrontar la crisis climática”.

No obstante, aseguró que “estoy más decidido que nunca a trabajar para que 2020 sea el año en el que todos los países se comprometan a hacer lo que la ciencia nos dice que es necesario para haber neutralizado las emisiones de carbono en 2050 y para no permitir que la temperatura se eleve más de 1.5°C”.

La COP26, que se celebrará este año en Glasgow, Escocia, será otra oportunidad para dar pasos concretos con el fin de evitar la crisis y lograr que los países amplíen suficientemente sus compromisos climáticos (las llamadas “contribuciones determinadas a nivel nacional”, que implican transformaciones en economías y sociedades).

La COP25 concluyó con un llamado a las naciones a presentar metas más ambiciosas de reducción de las emisiones en la COP26, en noviembre de 2020 en Glasgow, Escocia.

Duraderos e irreversibles, y el punto de no retorno

Hace años, los científicos alertan sobre los puntos críticos o “puntos de no retorno”, umbrales a partir de los cuales los procesos inducidos por el cambio climático en ecosistemas vitales para el clima global como la Amazonía o los hielos de Groenlandia serían irreversibles y liberarían repercusiones que escaparían del control humano, a la manera de cadenas de eventos con efecto dominó que podrían impactar en otros sistemas naturales.

A finales de 2019, un artículo publicado en la revista Nature por un grupo de expertos climáticos señalaba que nueve de los “puntos de no retorno” mencionados por el IPCC pueden alcanzarse con solo un alza de la temperatura de entre 1 y 2°C respecto a los niveles preindustriales, y agregaban que esos nueve puntos ya están activos y muestran “evidencia de cambio, en muchos casos acelerado, en la dirección equivocada”, explicó uno de los científicos a BBC.

La Amazonía, asediada por los incendios. Foto: WWF.

Los “puntos” en cuestión son la reducción del hielo marino ártico (se calienta dos veces más rápido que el resto del planeta); el derretimiento del permafrost (libera CO2 y metano, unas 30 veces más potente que el CO2); la ralentización del sistema de circulación de corrientes del Atlántico; las sequías más frecuentes en la selva amazónica (ha perdido casi 20% de área desde 1970); la mortandad de los corales de aguas cálidas, y la pérdida acelerada de hielo en zonas de la Antártida.

Según los autores, “hay suficientes evidencias científicas como para declarar un estado de emergencia planetaria”.

“Las observaciones de la Tierra muestran que los grandes sistemas con puntos de inflexión conocidos ya se encuentran a 1°C de calentamiento, en vías de cambio potencialmente irreversible, como el derretimiento acelerado de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida occidental, la desecación de los bosques pluviales y el deshielo del permafrost ártico”. (‏Johan Rockström, director del Instituto de Investigación del Impacto Climático de Potsdam, uno de los autores del artículo en la revista Nature, diciembre de 2019)

Plantar árboles, o los árboles que no plantaremos

La emergencia climática arrecia en una etapa en que serán mayores los retos: la economía mundial se duplicará en los próximos 20 años, al igual que la población urbana. Se espera que también se duplique la infraestructura, con una inversión estimada de 90 billones de dólares hasta 2030; de ahí que los expertos insistan en la importancia de que esa infraestructura sea limpia (que cada día se hace más económica y en muchos casos llega a superar en rentabilidad a la convencional).

Otro punto clave es la forestación. A mediados de 2019, una investigación de la universidad ETH Zürich, de Suiza, propuso un plan masivo de plantación de árboles como medida de largo plazo para contrarrestar el calentamiento global y el cambio climático.

Según el estudio, hay 1 700 millones de hectáreas (11% de la superficie global) donde es posible -sin comprometer tierras agrícolas ni de uso urbano- sembrar la cantidad necesaria (1.2 billones de árboles nativos de cada lugar).

El plan tomaría entre 50 y 100 años (teniendo en cuenta los tiempos de siembra y el crecimiento hasta la capacidad total de absorción de CO2 durante décadas), y podría retirar de la atmósfera unos 200 000 millones de toneladas de dióxido de carbono.

La concentración forestal sería mayor en zonas tropicales, en algunas cercanas al 100%, pero, en promedio, cerca de la mitad del área global sería verde. Se incluirían, aunque con una muy baja densidad, zonas de pasto para ganado. La mitad de la superficie a repoblar con mayor potencial está en los seis mayores países del orbe: Rusia, Canadá, China, los Estados Unidos, Brasil y Australia.

Actualmente, según los investigadores de ETH Zürich, hay tres billones de árboles en el planeta (aproximadamente la mitad de los que existían antes del desarrollo de la civilización humana).

Desde la Revolución Industrial, la civilización ha lanzado a la atmósfera unos 300 000 millones de toneladas de CO2, mayormente por la quema de combustibles fósiles. Actualmente, las emisiones anuales alcanzan 10 000 millones de toneladas. Y, según datos de la ONU, los bosques absorben hoy alrededor de 2 000 millones de toneladas de CO2 cada año.

El planeta pierde 15 000 millones de árboles como promedio cada año, que de esa forma dejan de ser almacenes para la retención de CO2 fuera de la atmósfera.

Según los cálculos del equipo científico, los programas de plantación más efectivos reportan un costo de 30 centavos de dólar por árbol. Si se escalan esas cifras, el costo del proyecto -siempre que se desarrolle con una muy alta eficiencia- alcanzaría los 300 000 millones de dólares y podría ser cubierto en alguna medida, incluso, con donaciones de privados.

Tom Crowder, el líder del estudio, consideró que “plantar árboles es una solución al calentamiento que no requiere que el presidente Trump comience a creer en el cambio climático, o que los científicos hallen soluciones tecnológicas para retirar el CO2 de la atmósfera”.

Aclaró, además, que no es una solución total. La siembra de árboles o cualquier otra solución a gran escala para “secuestrar” CO2 de la atmósfera deberán ser complementadas con reducciones significativas de las emisiones del gas.

“Está disponible ahora mismo, es la salida más barata posible y cada uno de nosotros puede involucrarse” (plantando árboles, donando a organizaciones que se dediquen a la repoblación forestal o evitando o boicoteando a compañías ambientalmente irresponsables).

Cada año, los bosques, los océanos y los suelos de la Tierra absorben alrededor de 4 500 millones de toneladas de carbono que, de otro modo, terminarían en la atmósfera y elevarían las temperaturas, pero no es suficiente, pues las emisiones alcanzan las decenas de miles de millones de toneladas. No puede haber solución aislada: deben reducirse las emisiones y a la par se debe extraer CO2 del acumulado por décadas en la atmósfera.

Es una solución relativamente económica, de escala global, participativa e inclusiva y -al no depender necesariamente de agendas y decisiones políticas- sostenible. Hoy, sin embargo, los presupuestos van más a armas, obras suntuosas, carros voladores y vehículos exploradores a Marte o nuevas misiones a la Luna que a plantar árboles. Sin embargo, ahí están las tierras, y miles de personas pudieran sumarse al proyecto si Estados y organizaciones contribuyeran.

Otras tecnologías para “secuestrar” CO2, como plantas para retirar el gas de la atmósfera y almacenarlo bajo tierra, son incipientes y muy caras aún.

La Tierra desde la órbita lunar, en la foto tomada por William Anders en 1968. Foto: NASA.

Cerró la década más caliente de que se tenga registro, aunque el récord, al paso que van las emisiones de CO2 y el consenso, el compromiso y las acciones concretas para reducirlas, no parece tener chance de durar más de un decenio. Todo dependerá de las acciones de Gobiernos y Estados, masivas, consensuadas y coordinadas internacionalmente –claves para evitar los puntos de inflexión o no retorno en ecosistemas vitales para el equilibrio del planeta–, y complementadas con acciones y actitudes individuales relativas al consumo y las prácticas sostenibles.

Cuando una de estas mañanas de enero mire el cielo y esté azul, con el más limpio azul que recuerde haber visto, y se pregunte cómo es posible hablar de crisis climática con un cielo así, piense que hablamos de un gas incoloro e inodoro, del que hoy hay 300 000 mil millones de toneladas en la atmósfera, acumuladas por décadas; del que se sumaron otras 37 000 toneladas durante 2018; cuya concentración en la capa de aire que rodea al planeta alcanzó en 2019 un récord histórico.

El CO2 permanece en la atmósfera durante siglos, y en los océanos durante periodos todavía más prolongados, de modo que perpetúa el cambio climático. Ahí está, y por la acción humana sigue llegando, junto al metano y el óxido nitroso, y contribuyendo al forzamiento radiactivo* y al calentamiento global. Hay un solo camino para la humanidad: reducir las emisiones y retirar el gas acumulado en la atmósfera. Y hacerlo ya.

Comenzamos un año decisivo, primero de una década crítica, con los números 2030 y 1.5 en la retina. Quizá gobernantes y gobernados debamos tener más presente desde ahora que el tiempo corre y es el momento de actuar definitivamente luego de tres décadas de alertas y evidencias científicas ignoradas. La ventana está casi cerrada.

 

*Tres gases y el forzamiento radiactivo

Según la OMM, desde 1990 aumentó en 43% el forzamiento radiactivo total (implica una tendencia negativa entre la luz solar que absorbe la Tierra y la energía irradiada que devuelve; lo que sucede hoy es que cada vez devuelve menos). Datos de la NOAA indican que el CO2 contribuyó en casi 80% a ese incremento.

El metano (CH4), segundo gas de efecto invernadero de larga duración más importante, contribuye en aproximadamente 17% al forzamiento radiativo. Cerca del 40% del CH4 emitido a la atmósfera procede de fuentes naturales, mientras que el 60% proviene de fuentes antropógenas (cría de ganado, cultivo de arroz, explotación de combustibles fósiles, vertederos y combustión de biomasa).

El CH4 atmosférico alcanzó en 2018 un nuevo valor máximo, 1 869 partes por mil millones (ppb), 259% más que en la era preindustrial. Su incremento de 2017 a 2018 fue mayor que el observado de 2016 a 2017 y que la media del último decenio.

Las emisiones de óxido nitroso (N2O) a la atmósfera provienen de fuentes naturales (en torno al 60%) y de fuentes antropógenas (un 40%), como son los océanos, los suelos, la quema de biomasa, los fertilizantes y diversos procesos industriales.

En 2018 la concentración atmosférica de N2O fue de 331.1 partes por mil millones, lo que equivale al 123% de los niveles preindustriales. Su incremento de 2017 a 2018 también fue mayor que el observado de 2016 a 2017 y que la media del último decenio.

Este gas también contribuye significativamente a la destrucción de la capa de ozono estratosférico, que nos protege de los rayos ultravioleta nocivos del Sol. Es el causante de un 6% del forzamiento radiactivo provocado por los gases de efecto invernadero de larga duración.

Tomado de cubadebate

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