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¡Que renuncien Putin y Zelensky! Yo renuncio a la guerra y a las armas nucleares

Renuncio a la guerra y renuncio a todo bando que se haya manchado de sangre humana, o crea que tiene derecho a mancharse de sangre de la gente para justificar sus supuestos derechos o intereses

Opinión 11/03/2022 Dario Ergas - Pressenza
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¡Que renuncien Putin y Zelensky!

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El título de este artículo tiene un problema: mi renuncia no impide la guerra y mi pedido parece muy fuera de la realidad. Lo real por tanto son las guerras y las armas nucleares para destruir seres humanos de todas las edades y de todos los sexos y de todas las razas y también a todo ser vivo, sin discriminación alguna. Renunciar a la guerra es propio de un loco que está fuera del pensamiento racional y común. Desmantelar los arsenales nucleares es demencial porque sería el único modo de evitar que se lancen bombas atómicas sobre las personas. Y por supuesto, siguiendo esa línea mental, habría que modernizar y aumentar la potencia nuclear y hacer guerras defensivas o preventivas o de conquista, “justificadas” por intereses de algún tipo.

Los estados capaces de tener suficiente armamento nuclear para asesinar a un cuarto, la mitad o el total de la humanidad, son los países “protectores” que pueden participar del “comité de seguridad de Naciones Unidad”, con derecho a veto por sobre todos los demás.

Pido la renuncia del señor Putin y Zelensky. Putin es una persona cruel y despiadada. Tampoco le tengo respeto al presidente de Ucrania y opino que sacrificó a su pueblo. Lo sacrificó como Abraham a Isaac, pero se niega a escuchar la voz de Dios para detener el holocausto. También pienso que Biden, el presidente de EEUU, la presidente de la comunidad europea Ursula von der Leyen y los generales de la Otan, debieran renunciar todos. Por ineptos, por no ser capaces de detener la guerra y por alimentar la máquina armamentista de los grandes negocios de la muerte.

“Nuestra familia ha perdido la guerra”, escribió David Grossman el día que mataron a su hijo en la guerra en el Líbano; “Malditos, mil veces malditos los que arman las guerras”, fueron las palabras de Julio Anguita, secretario general del partido comunista español, el día que mataron a su hijo periodista que cubría la guerra de Irak.

Cuando escuchamos los análisis de las razones y las causas del conflicto, la maldad de Putin, el heroísmo ucraniano, el expansionismo de la OTAN, nunca nos preguntamos qué tienen que ver nuestros países en este conflicto, qué tiene que ver mi medio inmediato y qué tengo que ver yo mismo con esta locura que se desató en Rusia y Europa. A riesgo de que mis preguntas parezcan irrelevantes, quisiera desarrollar esta perspectiva, que puede ayudarnos a fortalecer y dar sentido a nuestra acción.

En primer lugar, ningún conflicto sería tan peligroso si no fuera por las armas nucleares y otras de destrucción masiva como las biológicas, supuestamente prohibidas. La creación y acumulación de estas armas como disuasión de paz, o suponiendo que nadie las usará, es absurda. Necesitamos incluir el derecho a vivir libres del peligro nuclear en la declaración de derechos humanos. Podríamos exigir el desmantelamiento de esos arsenales antes de firmar tratados de libre comercio, por ejemplo. Podríamos oponernos alas plantas de energía nuclear desde donde se obtiene materia prima para su fabricación. Podríamos unirnos con los países libres de armas nucleares para constituir un polo económico que ponga dificultades a los que ostentan poder nuclear. Podríamos poner este tema en los currículos de educación y que sea una demanda constante de nosotros a nuestros gobernantes.

En segundo lugar, nuestro presupuesto bélico, el de mi país, aumenta año a año. ¿Por qué?¿Es que creemos acaso que con ello resistimos a posibles invasiones de los vecinos? La fuerza moral para exigir el fin de las guerras se inicia en el cambio de actitud entre los vecinos y decidiendo la disminución progresiva y proporcional del presupuesto bélico en la región. ¿Por qué organizamos ferias para incentivar el consumismo armamentista? ¿Por qué vamos y llevamos a nuestros hijos? ¿Por qué no hacer un boicot? Como se ve, el conflicto está en nuestro propio territorio y no en las fronteras de la OTAN.

En tercer lugar, los desbordes sociales al interior de nuestros países están cada vez más fuera de control. Los endeudados, las familias arrojadas a vivir en la calle, las multitudes de inmigrantes que deben pasar miserias inhumanas, las protestas por la constante injusticia de los poderosos. Todos ellos reprimidos con una violencia inaudita. La violencia se valida como metodología de acción para reprimir a la población. Así también la violencia se valida para luchar por causas “justas” y también para defender intereses personales. ¿No es esto lo que sucede en una guerra?

Nos hemos enfermado de violencia, pero con el agravante de que todos la justifican para defenderse de su antagonista y sobre todo de lo que este podría llegar a hacerme a futuro. Inútil es demostrar que es el peor de los caminos que sólo exacerba el odio, la venganza, los celos, el deseo de poseer sin límite.

Agreguemos la anestesia existencial de no considerar violencia a la deuda, la pobreza, la discriminación de minorías y mayorías, y sólo experimentarla cuando alguien le da un palo a otro. Es decir, juzgo la reacción violenta y hago vista gorda a la violencia soterrada de impedir tu plena intención, a través de las reglas económicas o manipulaciones psicológicas.

Bien, luego de este rodeo vuelvo a mi título. Renuncio a la guerra y renuncio a todo bando que se haya manchado de sangre humana, o crea que tiene derecho a mancharse de sangre de la gente para justificar sus supuestos derechos o intereses. Además pido la eliminación de todas las armas nucleares del planeta. Lo pido desde los centímetros de espacio que todavía ocupa mi cuerpo. ¿Alguien más? ¿Seremos dos? ¿Seremos 100? Algún día seremos todes.

Dario Ergas
Autor e investigador del Parque de Estudio y Reflexión, Punta de Vacas. Participa de las comunidades del Mensaje de Silo www.darioergas.org

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