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En Polonia piden la intervención del Ejército ante una ola de protestas contra la ilegalización del aborto

Actualidad 28 de octubre de 2020 Juan Pablo Peralta Juan Pablo Peralta

POLONIA
El Gobierno polaco pidió ayer la intervención del Ejército y anunció que responderá con energía a "actos de barbarie, vandalismo y agresiones”, en el sexto día consecutivo de protestas multitudinarias iniciadas en rechazo a la virtual ilegalización del aborto, y luego extendidas a la gestión administrativa de las autoridades de ese país.

"Lo que está ocurriendo en el espacio público, los actos de agresión, vandalismo, ataques contra iglesias, son inaceptables", aseguró el primer ministro, Mateusz Morawiecki, en conferencia de prensa. El funcionario advirtió que el gobierno, que ayer publicó en el boletín oficial una decisión en la que pide ayuda al Ejército para mantener el orden, "examina todas las situaciones con gran cuidado".

Morawiecki condenó los "actos de barbarie, vandalismo y agresiones" registrados en las protestas y admitió que temía que se produjera "una escalada de la tensión social", según las agencias de noticias Ansa y Europa Press.

Las marchas incluyeron la irrupción de grupos de jóvenes en templos católicos y la interrupción de oficios, en protesta por lo que consideran un fuerte vínculo entre la Iglesia y el sector gobernante.

Este lunes, el ministro de Justicia polaco Zbigniew Ziobro comenzó los trámites para retirar a su país del Convenio de Estambul, un tratado que considera grave delito las violencias contra las mujeres.

Otro dato es que la violencia doméstica en Polonia es generalizada y no se denuncia, según el Centro de Derechos de la Mujer. El centro estima que cada año, alrededor de 800.000 mujeres son severamente golpeadas y hay entre 400 y 500 muertes por palizas, asesinatos y suicidios vinculados a la violencia doméstica.

A mediados de julio el presidente, Andrzej Duda, obtuvo la reelección por el 51,2 % de los votos. Si en 2015 ganó azuzando el odio contra los inmigrantes, ahora lo hizo contra las mujeres y la disidencia sexual, que promueven “una ideología más peligrosa que el comunismo”. Fue una victoria amañada. Duda contó con el militante apoyo de la Iglesia Católica, de Donald Trump, manipuló el voto en el extranjero y despidió a 300 periodistas para garantizarse un rígido control de los medios del Estado.

El electorado votó fracturado. El principal adversario, el “liberal europeísta” Rafal Trzaskowski, ganó Varsovia con el 68 por ciento de los votos. Y con una diferencia del 30% entre los más jóvenes. Duda venció entre los mayores de 50. Sus partidarios viven en las regiones rurales y en las más pobres del este y sur del país.

El Convenio de Estambul es impugnado por líderes de la extrema derecha y nacionalistas de Europa del Este y Central, que lo consideran una amenaza a la soberanía nacional, un ataque a la moral cristiana, a la familia y -aunque no diga nada respecto de la disidencia sexual- promotor de la "ideología LGBT".

La administración polaca tuvo una sorprendente ayuda de último momento: la medida se produjo una semana después de que los líderes de la Unión Europea, cediendo a la presión de Polonia y Hungría, relajaran las demandas que vinculaban la ayuda económica para enfrentar la pandemia con el estado de derecho. “En los días posteriores, Varsovia y Budapest avanzaron con agendas que comprometen la independencia judicial, la libertad de los medios y los derechos de los homosexuales”, contó el New York Times este 27 de julio. “Volvemos como vencedores”, dijo el canciller polaco.

Sin embargo, no parece que la victoria se sostenga en suelo polaco. La mera sugerencia de que el gobierno quería retirarse de la Convención llevó a miles de manifestantes a salir a las calles durante el fin de semana. Son las y los mismos que, en abril, obligaron a Duda a archivar la derogación del derecho al aborto.

El viernes, unos 1.500 fascistas agredieron brutalmente la marcha del orgullo gay en la ciudad de Bialistok. Si bien había barrabravas del club de fútbol local, la mayoría era gente “normal”. Les cerraron el paso y les arrojaron piedras, petardos, huevos, verduras podridas. Los videos muestran a patotas pateando a manifestantes, algunos adolescentes, en el suelo. Hubo docenas de heridos. Aunque tanto el gobierno como la Iglesia repudiaron las agresiones, los fascistas tenían autorización gubernamental para realizar su acto en el mismo lugar y a la misma hora en la marcha del orgullo.

Según algunos sectores obreros, la violencia homofóbica es instigada por el gobierno del Partido de la Ley y la Justicia, que basó toda su campaña electoral en la impugnación de los derechos de las mujeres y de la disidencia sexual. Jaroslaw Kaczynski, su máximo dirigente, advierte que la educación sexual, las leyes contra la violencia, se reducen “a la sexualización de los niños desde la primera infancia y son una amenaza para toda la civilización basada en el cristianismo”. Es habitual que establezca una igualdad entre homosexualidad y pedofilia. En los últimos meses, más de 30 localidades polacas aprobaron leyes que las declaran “región libre de ideología LGBT".

La Iglesia Católica impulsa con entusiasmo los ataques. Dos semanas antes de la marcha gay, se leyó en todas las iglesias una carta en la que el arzobispo Tadeusz Wojda la calificó como "blasfemia contra Dios". El año pasado, el clero polaco convocó a una gran fogata para quemar miles de ejemplares de Harry Potter con argumentos parecidos.

Sin embargo, después de los anuncios del gobierno y del ataque a la marcha del orgullo, nuevamente Varsovia y muchas otras ciudades polacas vieron miles de hombres y mujeres en las calles. Así como Bolsonaro en Brasil y Trump en Estados Unidos, la derecha cavernaria europea también parece estar encontrando su límite.

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